domingo, 28 de septiembre de 2014

Gin Tonic de domingo

Por fin una tarde de domingo en casa... Y qué mejor manera de celebrarlo que con un buen gin tonic. Esta vez Jodhpur, aderezado con frambuesas y pimienta rosa y mezclado con Fever Tree. Muy refrescante y con un pequeño toque dulce que lo hace muy agradable. Ideal para un aperitivo. 

Jodhpur Fever Tree Gin Tonic

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miércoles, 24 de septiembre de 2014

El vacío

No es bueno no tener nada que hacer, pero creo que es bastante peor tener demasiados compromisos. Ha sido un verano lleno de planes, viajes y festividades varias. El resultado es que desde junio apenas he tenido un fin de semana en el que poder parar y relajarme un poco. De hecho, ha pasado todo septiembre y la situación es la misma. Y cuando tu tiempo está tan lleno, a veces acabas sintiéndote algo vacío.

Si echo la vista atrás, no me han faltado cosas que contar en este pequeño espacio, ni malas ideas que compartir con todos los que me habéis leído durante estos meses antes del parón; seguramente tampoco me ha faltado tiempo, porque uno siempre puede sacarlo de alguna parte. Creo, más bien, que me he quedado sin ganas de ocuparme de otra cosa y al final he ido dejando que pasara el tiempo sin escribir, sin terminar incluso mis compromisos con la web de Alicia, cosa que lamento de verdad.

Pero nunca es tarde si la dicha es buena. O eso dicen. Y como el camino se hace andando y a quien madruga Dios le ayuda, sin olvidar que a quien buen árbol se arrima, buena sombra le cobija, creo que ha llegado el momento de coger el toro por los cuernos, hacer de tripas corazón y recuperar un buen ritmo de publicación. ¿No?

Así, además, celebro las 20 000 visitas que alcanzó el blog, a pesar del abandono al que lo he sometido, en los últimos días. Tengo intención de seguir contando las visitas a todos los restaurantes que haga y todas las que ya he hecho; de seguir con la historia de Alonso, que dejé a medias; de contaros cosas que no os interesen para nada, fruto de mi mente trastornada y, en definitiva, de seguir con este blog, cosa que me encantaba y que dejé sin saber muy bien por qué. 
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miércoles, 3 de septiembre de 2014

Ha sido un fin de semana duro. De nuevo comienza lo de siempre. El verano se ha ido y la gente ha vuelto a Madrid, con cara de pocos amigos y dispuesta a comenzar de nuevo con sus vidas. Porque todo lo que ha pasado estos dos últimos meses, tenedlo claro, no es la realidad; simplemente ha sido un bonito espejismo, lleno de guiris borrachos y horteras enseñando piel, eso sí.

Por eso mismo, antes del comienzo de la nueva temporada, decidimos darnos un pequeño homenaje, aprovechando una celebración muy especial, y así comenzar nuestro retorno al mundo cargados de energía. Por ello reservamos en el restaurante que ha abierto el famoso y televisivo cocinero Alberto Chicote, llamado Yakitoro. La reserva la realizamos a través de su página web (imprescindible que en estos tiempos te ofrezcan la posibilidad de realizarla de esta manera), para comer el domingo pasado. Por lo que pude ver por los horarios que ofrecen, el restaurante tiene dos turnos, uno a las 13:30-14:00 y otro a las 15:30-16:00, lo cual tal vez sea o demasiado pronto o demasiado tarde, pero supongo que lo hacen para maximizar el número de clientes que pueden atender.

Yakitoro Chicote RestauranteYakitoro Chicote Restaurante

Nada más entrar al restaurante, te das cuenta que se ha realizado una gran inversión. El local es amplio, con una decoración agradable. Es muy luminoso por los grandes ventanales que cubren gran parte de las paredes. Domina el centro de la sala una gran barra circular con tres parrillas, desde donde algunos de los cocineros preparan parte de los platos de la carta y que, gracias a unas impresionantes campanas extractoras, no generan ni pizca de humo en la sala. Un pero que le puedo poner es que la distancia entre las mesas es muy pequeña o directamente inexistente, si te toca sentarte en una de los anexos que tienen las que están pegadas a la barra. Eso sí, el detalle de los huecos en el centro de las mismas, para que puedas dejar tus bebidas metidas en agua con hielo es muy interesante (aunque la condensación en el plástico provoque que el recipiente gotee y puedas mojarte las piernas).

Yakitoro Chicote RestauranteYakitoro Chicote RestauranteYakitoro Chicote Restaurante




Pero vayamos a lo importante: la comida. Como la carta está accesible en la página web del restaurante, en esta ocasión simplemente os dejaré el enlace. Como podéis ver, la comida está orientada al tapeo, con un toque asiático en algunos de los platos. Para mi gusto, una oferta original y atractiva, preparada para que casi cualquiera pueda encontrar platos de su gusto. Un detalle que me gustaría destacar es que tienen una buena variedad de cervezas, con varias marcas japonesas, y la posibilidad de pedir una copa de vino o media botella, lo cual ayuda a pedir siempre la cantidad justa de lo que quieres beber.

En nuestro caso, pedimos la butifarra, el huevo sobre arroz tostado, los chipirones, el pollo y papa canaria y las albóndigas de cerdo, todo ello acompañado con unas patatas fritas en tempura. Posteriormente probamos tres postres (y eso que éramos sólo dos personas): el Marshmallow, el algodón de azúcar y el chocolate con churros.

Yakitoro Chicote RestauranteYakitoro Chicote RestauranteYakitoro Chicote Restaurante


En esta ocasión seré breve y directo. Todo estaba francamente bueno. Más que eso en algunos casos. Mucho de lo que comimos era una revisión de platos de toda la vida, con un toque especial que te hace descubrirlos de nuevo y que disfrutas como si los probaras por primera vez. Me es complicado destacar algún plato sobre otros, pero el pollo con papa canaria y mojo rojo estaba simplemente delicioso, al igual que las patatas fritas en tempura, que eran completamente adictivas. Las raciones son del tamaño justo para saborearlas sin que te empachen y el precio está bastante ajustado, por lo que puedes comer bastante y variado, sin que la cuenta se dispare. En nuestro caso, comida, bebida y postre nos salió a 28 € por persona, lo cual no es nada descabellado, teniendo en cuenta la calidad y cantidad de todo cuanto probamos.

Yakitoro Chicote RestauranteYakitoro Chicote Restaurante

Yakitoro Chicote Restaurante


En definitiva, nuestra experiencia en el Yakitoro no pudo salir mejor y estamos seguro que repetiremos, para poder probar todos los platos que nos dejamos en el tintero.

Comida
Atención
Decoración
Calidad/Precio
Total

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martes, 12 de agosto de 2014

Escalada de conflictos en la playa

A pesar de ser verano, el ambiente es tenso en las costas españolas. No se sabe si es a consecuencia del escándalo del clan Pujol, del excesivo calor de estos últimos días o el hecho de que el Barça haya gastado 40 millones en dos centrales que dan risa. El caso es que los primeros brotes de violencia han comenzado a sucederse y si nadie pone freno, podrían convertirse en un conflicto a gran escala que ríase usted de la guerra de Vietnam.

Ya existía cierta tensión a causa del poco espacio disponible para que los miembros de mayor edad coloquen sus sombrillas en primera línea de playa, lo que provocaba incómodos madrugones para conseguir un buen lugar desde el que se sentarse a leer el Marca y criticar a los paseantes. Todos sabemos que la búsqueda del Lebensraum, sobre todo cuando hablamos de las vacaciones veraniegas de playa, ha sido y es causa de complejos conflictos geopolíticos. Valga como ejemplo, el vídeo que insertamos a continuación, en el que podemos observar el despliegue producido a las siete de la mañana en una playa del Levante español. Ya en el andar nervioso y rápido de los participantes se atisba la excitación inquietante, expectante, que suele preceder al caos. La gente que está dispuesta a tanto sacrificio por un trozo tan pequeño de tierra, suele estar dispuesta a todo.


Pues bien, como era de prever, tanta violencia mal contenida ha estallado definitivamente. Las presiones geográficas han causado un conflicto de difícil resolución que amenaza con contagiar otras zonas del litoral. Sólo ha hecho falta una pequeña chispa para prender la mecha de la conflagración. Los hechos ocurridos en la playa de San Juan de Alicante son espeluznantes y recomendamos a todos aquellos con problemas de ansiedad que dejen de leer en este mismo instante.

Que los escasos 12 kilómetros de longitud de la playa no eran suficientes para aguantar la acometida del verano lo sabíamos todos, pero lo que nadie preveía es la drástica reducción del espacio de baño a causa de la instalación de una academia de Surf para chavales jóvenes que venía a copar para ella sola 100 metros de costa. Esto puso en pie de guerra a gran parte de los habituales de dicha zona, que no estaban dispuestos a consentir una invasión así. Armados con razones y con unas cuantas sombrillas y sillas declararon la guerra a la escuela marítima, intimidando a sus jóvenes clientes. A continuación el artículo donde se detalla el estallido de la crisis:

ira  bañistas  San Juan playa Alicante

Las consecuencias de esta confrontación todavía están por ver, pero no se descarta la participación de Rusia en apoyo de los nonagenarios independentistas. ¿Qué será lo siguiente? ¿Acabará esta situación con el final del verano o se trasladará la escalada bélica a las salas de baile de Benidorm? Pronto lo veremos.
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jueves, 31 de julio de 2014

¡Se acabaron las vacaciones!

Pues sí, las vacaciones han llegado a su fin. Tras un mes de relax, descanso y sosiego, ha llegado el momento de encontrarse con la dura realidad y empezar a contar los días que quedan para el siguiente puente. Es curioso que digan eso de que las vacaciones sirven para cargar las pilas, porque el lunes que me he incorporado al trabajo, estaba como si me hubiera pasado un camión por encima. 

Pero todo tiene su punto bueno. No diré que añoraba tanto escribir en el blog y a vosotros que en realidad estaba deseando volver, porque sería mentir como un bellaco, pero la verdad es que sí que me apetecía el volver al ejercicio diario de escribir y comentar cualquier cosa que se me pasara por la cabeza y haceros partícipes de todos los sitios en los que he me cebado como un gorrino, que no han sido pocos. 

Vale, también reconozco que mi desaparición fue bastante repentina y no he dado explicación alguna, pero la verdad es que nada más comenzar mis vacaciones, hicimos las maletas y nos marchamos a un lugar sin apenas conexión, así que no tuve ni tiempo siquiera de escribir un sencillo mensaje del estilo "me piro, pringados". Seguro que sabréis perdonarme o seguramente ni os haya importado.

El caso es que ya estoy de vuelta, con un montón de cosas preparadas para ir contándolas. También os confimo a los que me habéis escrito preguntando, queda pendiente por escribir el último capítulo de la primera historia que estoy escribiendo para Alicia Young que espero tener listo en los próximos días.

No quiero entreteneros más con una entrada que sólo sirve para lamentar que se han terminado mis vacaciones y restregaros lo bien que me lo he pasado. ¡Empezamos!
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martes, 8 de julio de 2014

Es sábado por la mañana, me he levantado relativamente pronto porque hay que aprovechar que todavía no hace mucho calor. Mamá está en la cocina, preparando la comida y la casa entera huele a cebolla friéndose. Me ato los cordones de mis zapatillas, que tiempo atrás eran blancas y rígidas y ahora son pardas y cómodas. La voz de papá suena en la cocina, apagada por la distancia y el sonido de cacharros, llamándome. "¿Vienes ya o qué?". "Ya voy, ya voy", digo yo, poniéndome en pie, sin terminarme de anudar uno de los cordones del todo, sabiendo que en un pocos pasos acabará soltándose.

Papá está con la puerta ya abierta. Le doy un beso a mamá. De esos que suenan fuerte y hacen un poco de ventosa en su mejilla. ¡Mua! Salimos los dos y llamamos al ascensor. Como siempre, no tenemos una ruta hablada con anterioridad pero está bastante claro, que con el día que hace, vamos a subir al castillo de Santa Bárbara. Recorremos Alfonso X el Sabio a paso rápido, para llegar hasta las Ramblas y desde allí atravesar el errático y sucio casco antiguo para llegar al barrio de Santa Cruz y subir por sus empinadas calles, bordeadas por casas de colores con macetas llenas de flores colgando de sus fachadas. A partir de aquí, ya no queda lugar para resguardarse, salvo algún pino escuálido, hasta que te llegues a la sombra que proyecta la propia montaña. No hace demasiado calor todavía, pero en mi frente comienzan a asomar las primeras gotas de sudor, no por cansancio sino porque soy demasiado caluroso. 

Durante el camino hablamos de cómo me ha ido la semana, del último libro que me ha aconsejado leer, me chivo de las compras que mamá ha realizado sin que él quisiera enterarse. Papá sabe escuchar. Es raro eso. Pocas personas más que él saben hacerlo. A mi se me da fatal, por ejemplo. Seguimos hablando y caminando, hasta nos toca trepar un poco. A mamá no le gustaría enterarse de que hemos estado haciendo el bestia, como ella dice, y subiendo por la ladera de la montaña, una vez separados del sendero principal. Pero a nosotros dos nos gusta hacerlo y más sabiendo que después nos esperan unas buenas vistas.

Subimos, escalando con cuidado, a una gran roca, que ya conocemos. Nos sentamos justo en el borde, con las piernas colgando sobre una buena caída. Nos espera un pequeño respiro, allí, protegidos por la sombra de la muralla. Frente a nosotros, el mar se extiende hasta el horizonte, donde se mezcla con el cielo en una tenue línea azul. Pasamos unos segundos en silencio, absortos, hasta que decido llamar su atención hacia un pequeño triángulo blanco que brilla en mitad del agua. Un velero. Y detrás de él, unos diez o doce más, compitiendo en una regata.

Desde allí, me siento tan cerca de él que no entiendo el motivo por el que un día dejé de realizar esos paseos. Fue de repente, un fin de semana busqué una excusa para no hacerlo, seguramente porque estaba cansado o porque me apetecía quedarme en casa jugando a algún videojuego. Desde entonces, aunque él se ponía siempre sus zapatillas los sábados por la mañana, yo dejé de acompañarlo. Me excusaba a mí mismo diciéndome que tenía otras cosas que hacer, que ya era mayor para andar paseando con mi padre. A él sé que le dolió perder la costumbre, supongo que tanto como a mí me duele ahora darme cuenta de lo idiota que fui, pero nunca me lo reprochó y simplemente aceptó mi decisión, como todas las que tomaba, aunque no fuera demasiado inteligentes.

Se lo digo "papá, lo siento, ojalá..." pero él no me deja hablar, sabiendo a qué me refiero. Niega con la cabeza, como quitándole importancia. Sé que está a gusto, allí, en las alturas. Siempre tuvo un trozo de alma de pájaro y creo que por ello aprendió a pilotar una avioneta y le gustaba subir a cualquier punto elevado a la menor excusa. Lo tenía en la mirada, ese anhelo de ave que busca el cielo, a la que la tierra se le hace demasiado pesada. Seguimos hablando. Es curioso, porque ahora me siento como un niño, a su lado. Y en aquellos primeros paseos, siempre me trató y me hizo sentir como un adulto. Me dan ganas de abrazarlo. Pero no puedo. Ya no. Sólo podemos hablar. Sólo puedo contarle qué me ha pasado en los últimos días, mientras él me escucha, serio o risueño, dependiendo de lo que le esté contando. No puedo quejarme, no tengo demasiados problemas, pero me consuela en los pocos que tengo, dándome ánimos. Las cosas irán mejor, simplemente hay que luchar para que eso ocurra, me viene a decir, con confianza. Porque esa es otra, sé que confía en mí, que siempre lo ha hecho, de una forma casi irracional, aunque yo a veces crea que no me lo merezco.

Me señala un punto en el horizonte, al que yo miro, sin ver nada salvo un breve destello. Cuando vuelvo a girar la cabeza para preguntarle, ya no está. Se ha ido. Hace años que se fue. A mi lado, justo donde acaba de estar sentado, sólo queda el recuerdo de todos los momentos que pasé a su lado y la enorme ausencia de todos los que no quise o pude compartir. 

Me pongo en pie y miro de nuevo al lugar donde me ha señalado. Tal vez es el punto por el que emprendió el último gran viaje que le quedaba por realizar. Y pasado un tiempo, me pongo en camino, rumbo a casa, de vuelta de unos de esos paseos que debí dar junto a él.

Cómo te echo de menos, papá.
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